Capítulo II - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 2 - Esquejes

Felipe Cestollo

Vos viste lo ruidosos que somos acá siempre que nos juntamos. Nada raro. También lo éramos antes. Porque durante el tiempo que pasamos solos, ¿te acordás el silencio que había? Mirá, si te asomás por el balcón -le dicen “balcón francés” a esta mierda, será porque no pueden ver más allá de sus propias narices y porque desde acá no se ve nada-, mirá, ves los árboles qué verdes que están, ves, mirá, ese pajarito, ahí va otro… van a durar poco, vas a ver. Por suerte del edificio no se sale y estos bichos viven afuera todavía. Ojalá. Vení para acá pibe, ahora te voy a mostrar; ¿ves estos frascos que tengo acá?

Acompañé a Maíto a la cocina. Sobre la mesada tenía una serie de frascos y frasquitos con líquidos espesos que arrullaban cosas en su interior. Él tenía 83 años y le decían así porque, una vez que la gente empezó a salir de los departamentos y se empezaron a conocer un poco más en los pasillos, a éste nadie lo tenía de antes. No salía el viejo. A veces lo tenías que ayudar a levantarse, después andaba solo de acá para allá. Eso que en el quilombo de departamento en el que vivía tenía más de una opción para elegir de qué agarrarte y hacer fuerza. Pero parece que en la soledad juntaba coraje el hombre, porque nunca chistó. Cuando logró abrir la puerta de su departamento el día que nos dejaron salir a los pasillos y Normita, que ya estaba atenta porque ella empezó inmediatamente a registrar a todos y cada uno, pasó y le dijo ¿qué tal señor, cómo se llama?; el viejo, que no tenía los dientes puestos y que no hubiese llegado de ahí a la cocina, de ahí a los frascos, y de ahí a dar con el que tenía los dientes ni aunque hubiese querido, le contestó “Maíto”. ¿Marito? Le volvió a preguntar Normita. Sí, “Maíto” le contestó él.

Entonces me mostró los frascos. Me apuntó con el dedo mostrándome uno que tenía un esqueje de alguna planta que no llegaba a distinguir. Agarralo, me dijo. Bien pibe. Ahora abrílo. Dale, sin miedo meté la mano y sacá lo que hay adentro que no muerde, mi bien. Era una de esas especies que no se veían por los balcones del edificio. Claro. Estas crecen solamente donde les pega fuerte el sol por lo menos medio día. ¿Ves el agujerito que hay por ahí en el lavadero? Bueno, a veces cuando viene faltando el agua, Normita me pide que le haga la ducha mientras se enjuaga el champú de la cabeza. Entonces yo saco el colador por ahí y le voy echando agua tibia con la pava. Total en un piso llega justita, y acá en el 8 no hay tanto viento que digamos. En esa estaba, cuando me cayó esoque tenés en la mano adentro del colador. Entonces: o estamos hablando de que de verdá está el paraíso allá, bien arriba, o acá hay un lugar donde pega pleno sol y nosotros no lo sabemos. Sin eso, estas plantitas no crecen.

¿Vos decís Maíto? Qué iba a saber el viejo si hacía años que vivía encerrado y el único verde que tiene son las malamadresdecorando el lavadero. ¿Decís que hay una terraza acá? Mirá que yo estoy hace un par de años y del 9 nunca se me ocurrió mirar para arriba. Me la paso mirando por el balcón. Por suerte da al “horizonte”. Todo los días mido la distancia que hay entre mi ventana y la terraza del edificio de enfrente que llega hasta el 8, hasta acá. Claro, vos los ves, si los tenés enfrente. ¿No te dan ganas, Maíto? ¿No ves el sol como les tuesta la piel? ¿Cómo disfrutan de la sombra? ¿No ves las heladeras, las copas? Todo el tiempo pienso en saltar. Si no estuviera el barandal y la carrera no se interrumpiese, llego. Estoy seguro. Algún día me voy a animar.

Sí, los veo Felipe, me dijo. Con algo la deberían pagar. Les corresponde. A mí total, qué. Te imaginás que con lo que me cuesta moverme acá adentro no voy a andar subiendo. Aparte, es la base de todo esto. No se sube. Sino todo se desarma. No te voy a mentir a vos, si sos joven y te avivás fácil. No hace tanto, me estaba muriendo por un poco de sol, vos sabés que yo neavegaba. Lo extraño. Mirá que me estoy muriendo de tantas cosas que por eso hubiese pateado con pata larga, sin dudar. Entonces, me tomé mi tiempo y subí. Lo hice de noche y muy pausadamente por la escalera. Llegué hasta el 14. Seis pisos subí, así como estoy. Las escaleras subían un poco y seguí. Un piso más y no había más. Pero en el 15 no había departamentos, había una puerta cerrada con llave justo al pie de la escalera. No la forcé, no quería hacer ruido. Había una segunda, un poco más allá por un pasillo estrecho. Estaba abierta pero no daba a ningún sitio. Era un depósito pequeño. Bolsas de carbón, leña, una manguera, una mesa plegable, una regadera, y algunas otras cosas que no llegué a distinguir acumuladas en desorden.

¿Y qué hiciste?, le pregunté.

¿Y qué iba a hacer, Felipe?, me dice. Salir no podía porque estaba cerrado, así que meé adentro de la regadera y bajé despacito a dormir. Ahora sí, bajé por el ascensor porque hacer o no ruido ya no me interesaba, todo el mundo sabe que acá los ascensores solamente bajan.

¿Ves Norma todo esto que me dice Maíto? Entonces sí hay terrazas acá.

2020 EDICIONES HASTA TRILCE - BUENOS AIRES, ARGENTINA