Capítulo 9 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 9- Skyline

Norma Delhuar

Arquitecta, eso era yo. Bah, en los papeles lo sigo siendo. Pero desde que estamos acá, lo único que cabe diseñar son las propias entrañas de esta locura. Felipe tenía razón, sí. Hay terrazas acá. Pero yo no le podía decir que sí así nomás. Además, ya lo iba a ir descubriendo. Alicia se la había insinuado hace rato, y se notó. Antes tenía que hacer mí propio plano. Pero Felipe un poco me destapó las pocas intuiciones que hasta ahora tengo de todo esto. Siempre con las ganas de ir más allá, el alarde ese de que si no fuera por la baranda saltaba y se escapaba. Cuando subía y bajaba las escaleras lo hacía saltando, siempre tratando de recorrer cada vez más escalones. Decía que así entrenaba, que cuando se de tenía que estar listo.

¡Qué ganas aquellas las de subir! ¡Qué poca razón en ese impulso! Yo había hecho mis anotaciones. La torre de Babel, sí, del génesis. Y el castigo, sobretodo el castigo, lo imposible del lenguaje común en todas las terrazas. Malditas sean las diferencias que no nos dejan subir. Pero ella es antropóloga, sabrá más que lo que yo se de ella y de la reproducción del Brueghel que tengo ampliándome el baño. Pero de seguro hay algo allí. Y después, ¿qué?. No, no, no. No nos quedamos ahí. La pirámide de Keops por allá de tiempos ignotos; el coloso de Rodas, hábrase visto. La Abadía de Saint Denis, la elegante Notre-Dame, la Saint-Chapel, las catedrales de Chartres, Reims, Amins, de Burgos, de Colonia, o Santa María del Mar; la elocuencia gótica de querer llegar, y estirarse, y dejarle hermosas esculturas solo a los ojos de Dios.

Hastá acá. Después el desliz, todo el traspié: el Empire State, el Chrysler Building, la Torre Agbar, el Skyline de Filadelfia, la torre Montparnasse, la Torre Sevilla. Vaya pretensión, vaya grosería. Que pecado de urgir el camino, que banalidad de la forma. Que descuido de base, que falta de organización. Ni siquiera la fábula de los guijarros mágicos nos aseguraba un buen porvenir en la crecida recta hacia el cielo. Menos hoy, menos acá, que los ascensores solamente bajan. Menos metros cuadrados de tierra, más altos, más gente, más propiedad fantasma, más derechos elevados por encima de la tierra y la carne. ¿Qué pasa ahora, en este camino? ¿Qué pasa cuando solamente podamos vivir en las terrazas, subiendo? Volverá el día en que haya la tierra y el cielo y entre ellas solamente escalones, y algo tiene que ver Alicia en esta invocación, de eso estoy segura. Y Felipe quiere ir más allá. Y Treyes sube también, como puede. Pero hay alguien más que no encaja. Pablo Bermúdez no tiene la pretensión. No quiere ir más alto. Pablo es un tipo tranquilo, igual que Mario, por más viejo que esté. Yo sí quiero ir. Yo quiero subir, todo el tiempo miro para arriba.

Abajo están los hornos. Pobres, tuvieron que tragarse el humo de la carne podrida de los Trujillo del quinto. Al quinto y al sexto les decimos el “purgatorio” acá. El olor de los Trujillo y de los Acosta se impregna en la piel y en la ropa renovándote, eliminando cualquier otra loción aromática por más ganas que le hayas puesto a oler bien. No se baña esa gente, y son bastantes. Bah, eran. En su mayoría niños, salvo que las dos familias vivían con uno de los dos abuelos. Los Trujillo con dos piojosos de 3, mellizos, y los Acosta con una nena de 7 que moqueaba y se los comía. Cada familia ocupaba un piso, y para mayor “tranquilidad” de las parejas, los niños vivían con los abuelos en el otro departamento. A nadie le importó cuando los dejaron de ver, nadie se preguntó por ellos, nadie llamó la atención. Salvo Evelina. A ella sí se la empezó a ver más ansiosa, con polleras cada vez más cortas. Pero el olor creció y creció. Mejor, decía la gente, imagínate si siguiesen sueltos por los pasillos, no habría remedio. Menos mal que se encerraron. Pero el olor seguía creciendo. Era cada vez más hediondo, más rancio. Y ni los Trujillo ni los Acosta salían. Le comenté a Mario, que es discreto, y en esta estamos juntos. Y Norma, vamos, me dijo. Forzamos la cerradura de cada una de las puertas, de noche. Llevamos mascarillas, las mismas que teníamos guardadas de cuando salíamos del edificio antes que nos encerremos en los departamentos. No alcancé a prevenirme del olor que corriendo me tuve que asomar por el balcón francés y lanzar al vacío un líquido espeso y bilis. No había comido más que sopa, y lo vi cuando me asomé. Pudriéndose en el suelo de la vereda, Daniel Trujillo. Había dos perros alrededor del cuerpo, metiendo sus hocicos entre la tripa del muerto. Parecían no ser los primeros, el cuerpo estaba destrozado, la carne arrancada, los huesos al aire reflejaban el sol. No le dije nada a Mario y lo insté a que revisásemos los dos departamentos inmundos. Estaban completamente vacíos. No había nadie en ningún lado. Esa noche, mientras dormíamos, nos acarició a cada uno una brisa de aroma a cocina que recorrió el edificio. Alguien estaba hirviendo coliflor, o haciendo cenizas al resto de los Acosta y a lo que quedaba de los Trujillo en el incinerador, porque el olor siempre sube. Ese espacio estaba en desuso hacía rato, el segundo subsuelo. Pero sin embargo ahí estaba, como patrimonio del pasado junto a la oscura baulera.

Hola Alicia, buen día, le dije cuando me la encontré bajando a la mañana mientras estaba baldeando el piso del pasillo, unos días después. Con este sol y yo bajando a la baulera, me dice, te imaginarás que no de muy buen humor, Norma. Ah, que casualidad, ¿te enteraste lo de los Trujillo y los Acosta? Sí, pobrecitos, me dice; parece que Daniel le tenía bronca a la familia de Ramiro y se les montó en cólera por una pavada. La pavada parece que no era tal, dicen que tenía que ver con Evelina y una riña entre los dos “machos”, al estilo capuletos y montescos, ¿te imaginás, vecina? Bueno, la cosa no fue bien, parece que Daniel terminó matándolos a él, a ella, al abuelo pajero ese y a la nena. Pobre nena. Yo pienso que si Daniel después de eso se quitó la vida así, debe haberse llevado a su familia también para que no guarden la culpa, sino no le encuentro motivo ¿no te parece, Norma? Ahora estoy bajando porque escuché por ahí que Don Trujillo, antes de tirarse por la ventana, volvió a encender el viejo incinerador y pulverizó los cadáveres. ¿No sentiste el olor la otra noche? Ese olor a ellos. Ese olor insoportable. Yo se lo sentí a Evelina algunas veces, también. Ese humo vacío. Ay, per viéndole el visto bueno Normita, ahora ya podemos saltearnos el purgatorio. Por fin. O vamos derecho al cielo, o al infierno, se acabó. Que tengas un lindo día, Norma, me voy a sacar la ropa de invierno que tengo guardada abajo, no vaya a ser que entre la humedad de la baulera y el olor a fritura rancia me quede el recuerdo de los Trujillo y de los Acosta de por vida. Dijo eso y me acarició la mejilla. Es un chiste, agregó con esa forma de convencer en ternura que tenía la antropóloga. Yo los quería también, agrega. Los quiero a todos en realidad, a vos también Norma. Te quiero.

Yo no dije nada.

Alicia bajó para la baulera. Alicia, la más alta, la que sabe más, la de arriba.

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