Capítulo 7 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 7 - Confianza

Pablo Bermúdez

Es innegable que esa mujer tiene algo. No, aparte de la terraza que ya lo sé, pero no es por eso que estoy ahí. Eso les empecé a contar a Diana y a Emilia, la pareja que tenía de vecinas en el 12 cuando arrancó el verano del mes 54. No por alarde, que era lo que quería que entiendan, sino porque algo no estaba bien con Alicia y en ellas confiaba, siempre me habían parecido dos chicas sencillas y sinceras. No me creyeron ni una sola vez. En cada ocasión que se me presentó para poder atinar una opinión de “confianza” respecto a ciertas cosas que yo había notado en su departamento y en la terraza, lo único que evidenciaban era una intención en mi de jactarme de ellas. Claro, decían, mirá el colorcito que tenés, si te miro los dientes seguro que te encuentro algún que otro nervio entre las encías, ¿estaba rico el asado Pablito?, ¿qué se siente comer al sol?, ¿por qué no le podés decir que nosotras queremos subir también? Queremos que se nos vuelva a notar la marca del corpiño en la lolas. Que lo necesitamos Pablito, joder. Y me cargaban así, sin parar, entre celos y descreimiento, en lugar de atender a lo que yo tenía para decirles.

No se lo pude comentar a nadie. Ni las hordas de pájaros en el cielo justo arriba de mi cabeza en la terraza, ni las referencias que Alicia había hecho sobre los que venían todo el tiempo, que a ver si conmigo, juntos entre los dos, se nos podía ocurrir otra forma de sostenerlo, de hacerle frente a las cuotas. Pero si no venía nadie Alicia, si nadie sale ni entra del edificio.

Era tarde, habíamos tomado algunas botellas de vino. Yo le pregunté, ¿quiénes Alicia, de quienes hablás cuando decís “ellos”? ¿quiénes son “esos” que vienen a veces? Y ella recorría las bibliotecas como ciega, tirando libros al suelo, quedándose con aquellos que le interesaban y citando entre balbuceos e hipos palabras referidas al orden, al reconocimiento del sacrificio, a la materia y al flagelo de la responsabilidad individual, a losziguratsmesopotámicos, al Kavanagh. Me voy Ali, le dije esa vez. Descansá. Yo te prometí que no iba a decir nada de los hijos de Treyes, pero esto me saca de quicio, no lo entiendo. Sí, pobres chicos habían perdido a la madre y al padre, estaban solos, y acá no nos podemos hacer cargo de eso. Eso se entiende. Pero cuando te pregunto y vos te ponés así, ¿qué pasa? Te quiero, Ali, soy paciente. Te banco. Pero así no, mañana nos vemos, chau.

Bajé las escaleras y cuando pasé por el 13, la puerta del departamento de Arturo estaba golpeando agitándose dentro de su quicio. Pensé que el viejo debió haber dejado la ventana abierta antes de irse a dormir y eso estaba haciendo corriente para que la puerta tiemble. Golpeé fuerte y toqué el timbre. Nada. De vuelta. Nada. Una vez más. Tampoco. Hice lo mismo en la puerta de Ángeles, la otra vecina del 13 que cuidaba de Rocío, la viejita que vivía al lado de Alicia. Nada, tampoco. Pero a diferencia de la de Arturo, la puerta del departamento de Ángeles estaba abierta. Entré a tientas, le di un recorrido, y el departamento estaba vacío. Todo estaba en su lugar, pero no había nadie. Ángeles igual vivía sola y cómoda. Se pasaba la mayor parte del tiempo arriba en lo de Rocío. Había trabajado toda su vida de enfermera en la clínica que había acá a dos cuadras. Se había casado, pero su marido había muerto en un accidente de trabajo. Lo había olvidado y había deshilado la costumbre para hacerlo, ocuparse. Bajé un piso más y pensé en tocarles la puerta a Diana y a Emilia para contarles lo que me venía pasando con Alicia. Ellas no iban a ventilar. Había códigos. Pero eran las 3 de la mañana y no me pareció. Al otro día, cuando me las encontré porque me vinieron a pedir una mano con un mueble que querían cambiar de lugar para poder sentarse más tiempo al sol, con ellas vino el descrédito total y la cargada. Se equivocaron. Como se equivocaron, chicas.

Ese día le dije a Ali de hacer un Gumbo, un guiso de Nueva Orleans. Sabía que le iba a divertir porque ya me había comentado de un trabajo de campo que había hecho en el sur de Estados Unidos sobre las prácticas de magia negra que sobrevivían en los linajes familiares de los descendientes de hacendados y propietarios de plantaciones de algodón y tabaco, y de cómo éstas se vinculaban con la gastronomía. Hablar con Alicia te hacían arrepentirte de cualquier cosa que hayas hecho, volver atrás, estudiar antropología y hacer todo lo que hizo ella. Me dijo que no podía, que esa noche era imposible, pero que si quería, podía subir igual, que podía llegar a ser útil.

Cuando subía, antes de llegar al 14, aproveché para ver si Rocío sabía algo de Ángeles o si ella estaba en su casa, porque cuando volví a subir, la puerta de su departamento seguía abierta, ahora de par en par. Toqué en lo de la vieja. Nada. Ni Ángeles ni Rocío. No hubo reacción. Alicia abrió la puerta de su departamento como si hubiese escuchado el movimiento. ¿Qué haces Pa? Nada, le dije, te estaba por golpear, acabo de subir. Mentí. Me di cuenta que se dio cuenta y no dijo nada. Bueno vení, pasá, dijo.

El departamento estaba oscuro. Había algunas velas prendidas, pero no eran suficiente iluminación. Como siempre, me hizo descalzarme antes de entrar, pero esta vez mis pies sintieron otra cosa que no era el piso del 14ºA. Cosquilleaba mi planta a cada paso. Me acompañó hasta el centro de la sala, con pasos suaves, acariciando lo que había en el suelo. ¿Porqué no pudimos cocinar, Ali? Le pregunté con la oscuridad vendándome los ojos, casi por completo, a tientas. Sí podemos, me dijo al oído, pero hoy no. Hoy quiero que veas para que después podamos cocinar, emborracharnos, mirar películas, charlar, hacer todo lo que hacemos, pero acompañándonos y arriba, en lo alto, donde nos corresponde. Los dos juntos en ésta, criollita. Yo no puedo seguir así con vos, me siguió diciendo con sus labios rozándome el lóbulo. Porque si vos no me ayudás a mi, Pablo, tarde o temprano vas a terminar como el resto, hundido en mi noche, otro punto rosa más en mi ocaso eterno de terraza, otra pisada más en los escalones que construimos.

Pará, le dije. Pará. ¿Qué querés decir? No, ahora no Pablo, me respondió, y hundiéndome sus manos suaves en los hombros me comenzó a desvestir. Primero el torso, después bajó hasta la cintura y comenzó a desabrocharme el cinturón. Me dijo “sentate” y apoyé mis nalgas frías sobre una tela dura, con consistencia, que estaba en el piso. Ahora cubrite con ella, dale. ¿Qué, me tapo entero Ali? ¿Qué vas a hacer? Le pregunté. Dejate libres los ojos, ¿si? Haceme caso. Ahora vienen, esperá, cht, silencio, eh. Antes de irse prendió algunas velas más que me dejaron ver la sala con un panorama más claro. No distinguí las paredes pero sí distinguí colores y enseguida se me aparecieron en la memoria los tapices que Alicia me había mostrado aquella vez. Sí, las flores amarillas del de Congo, ese debe estar en el suelo, y en las paredes plata, azul, rojo y blanco. Miré hacia arriba antes de la ráfaga. El cielo raso brillaba encegueciendo.

Se apagaron todas las velas a la vez y los vidrios de los ventanales empezaron a temblar como si estuviesen siendo atacados por el viento. El tapiz blanco que estaba cubriendo el ventanal revoloteaba violentamente y llegaba a tocarme en sus saudidas. Fueron unos segundos en los que el edificio se subyugó a ese departamento y perdió su verticalidad. Unos 53 metros cuadrados de planeta flotaban en el aire, y a gran velocidad era rodeado por todos los otros que giraban alrededor suyo como piedras espaciales, un anillo de muerte y todo en el medio de ráfagas de viento voraginosas.

Escuché la voz de Alicia y todo se calmó. Me dijo, sí, sos vos Pablo. Ahora les toca a Diana y a Emilia. Acompañame en esto Pa, dale, te voy a ir explicando, ya vas a entender bien. Pero ahora te necesito. No tenemos mucho más que un día para esta.

Yo le dije que sí porque había algo en Alicia que la hacía inalcanzable, y enamorado e insensato me expuse a las disposiciones de la sombra, porque me quería quedar con ella y subir hasta donde ella estaba y un día frenar para habitar la altura.

Me dijo que menos que nada yo, pero que aún ella no tenía bien claro como y a quién había que ir pagándole las cuotas de la terraza. Que ya nos íbamos a enterar, que me quede tranquilo.

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