Capítulo 6 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 6 - Paneras

Alicia Simón

Si con vos Felipe se hubiese dado, de seguro estaríamos bordando estas paneras juntos, riéndonos del ritual porque lo hubiésemos llegado a conocer a fondo, a la altura de saber encontrar los espacios en los que no nos vieran, creyendo que ellos estaban conformes con las cosas que habíamos elaborado entre los dos. Porque yo seré confiada pero soy previsora también, y vos sabías lo mucho que yo te gustaba y entonces así nomás no te la di a conocer, antes teníamos que pasar por situaciones parecidas a esta –una cuestión de confianza, sabemos que no es para cualquiera-, y a vos te encantó. Te enamoraste de sentarte a colocarle de vuelta las etiquetas a los lomos de los libros que tenían los nombres borroneados, todas de colores diferentes según la catalogación. Revisabas los álbumes de fotos y con un trapito sacabas cada copia y le volvías a dar brillo. Copiaste de vuelta todas las referencias viejas en una letra minúscula y con el único marcador que había de trazo medio. Pero fue la cata de té lo que terminó de hundirte en mí. Y así de tierno, esas paneras que habías visto en las fotografías que guardaba del tiempo que pasé en Asturias investigando la jerarquía de “lo español” en el comportamientos político de las poblaciones vírgenes de ocupación mora, que vos querías hacerlas porque eran muy fáciles de hacer y muy útiles, ahora habría cuatro manos a la obra y no solamente dos como desde hace tanto tiempo. ¡Solo dos manos para recibir todo esto! Pero tuviste que ser así de pelotudo que el día de la inauguración, cuando te lleve a conocer la terraza, sin decir nada, tomaste carrera y saltaste. No hubo duda en vos. A toda velocidad corriste hasta la pared de cemento que nos separaba del vacío, saltaste encima de ella a menos de un metro antes de llegar aterrizando en cuclillas sobre su vértice, y ya con el torso desafiando la gravedad pero con el impulso del estirón de piernas, te lanzaste hacia adelante con los brazos estirados como queriendo alcanzar algo. Corrí hasta poder asomarme enseguida y vi como te vieron pasar los de la terraza del edificio de enfrente, casi siete pisos más abajo. Algunos soltaron los vasos de trago largo y los dejaron estrellarse contra el suelo. La sombrilla me tapó la visión pero se desparramaron también pedazos de jarrones y platos haciendo un ruido estruendoso. Les pasaste tan cerca, Felipe. Casi arañándoles la pared de su edificio. Tu cuerpo feliz se separó entero cuando dio contra el suelo. No lo quise así, pero la consideraron como una cuota más.

Dos manos de vuelta para anotar, para bordar, para hundir los cuadrados de tela en el veneno y luego armarlos en canastitas. Las paneras que a Felipe le habían llamado la atención eran muy simples. Un cuadrado de tela bordada, y en cada uno de sus cuatro lados, casi a la mitad, dos cintas de colores. Se ata cada una de las cintas con la más próxima del lado contiguo y esos nudos levantan los lados del cuadrado de tela formando una canastita. El veneno, por otro lado, era un invento mío. Me lo había compartido un médico brujo del Perú junto con el verso de que fue el que utilizaron las collas para aniquilar al pueblo de Maccu Piccu y dejar la ciudad en secreto frente a la amenaza de la toma española de Cuzco. Yo, como antropóloga soy curiosa, pero también soy antropóloga y se lo que pasa en las transas de los mercados de ciudad. El veneno era efectivo, inodoro, incoloro, seco. Solo bastaba hacer la mezcla con agua, hundir el elemento en ella y luego dejarlo secar. Recién hacía efecto después de dos días a temperatura ambiente. El veneno mataba lento y con ritmos diferentes dependiendo la persona, su contexto y organismo. En general, frente a los cuerpos sanos su letalidad era implacable. Casi inmediata. Pero, en cuerpos con órganos ya enfermos y deteriorados, el veneno calmaba su furia y se asentaba en alguna de esas defecciones, acentuándola lento, casi habitando la enfermedad, y gozando de una hospitalidad no merecida lo acompañaba a provocar el deterioro general del ése y del resto de los órganos, y a su tiempo, la muerte.

No guardé previsibilidad en los cálculos esta vez. Pero a las vecinas del primer al tercer piso rara vez se las veía. Vivían allí porque los ascensores no subían y ya estaban entradas en edad. Todas viudas. Carmín para Lucía, amarillo para Julia, rosado para Laura, violeta para Nuria. Para Celeste el verde, para Luján el azul. Van a quedar hermosas y a ellas les van a encantar. De alguna forma u otra le van a pasar cerca, así de cerquita como le pasaste vos Felipe al edifico de enfrente. Empecé a acumular. Y entonces sí, esas 6 cuotas se las van a cobrar a tiempo. A su tiempo, claro, el de su eterno discurrir oscuro.

2020 EDICIONES HASTA TRILCE - BUENOS AIRES, ARGENTINA