Capítulo 5 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 5 - Cera

Mario Cardanetti

No hay nadie más. De las 41 personas que habitábamos el edificio solamente quedamos Norma Delhuar y yo. Y Alicia. Sobretodo Alicia. En este momento, Norma está afuera. Dijo que iba a subir, que tenía que subir y verla. La vi irse por las escaleras. Acá en el 8 estoy solo. No puedo moverme mucho. Me cuesta levantarme. Estos últimos días Norma estuvo acá conmigo. Hice muchísimas cosas a pesar del miedo, cociné, planché, acomodé los frascos, ordené, muchas con su ayuda. Norma tenía una montón de datos, una gran diversidad de teoría, infinitos planes y estrategias. Más de una semana estuvimos en los dos acá en el 8ª, todas las noches discutiendo, distrayéndonos con debatir la probabilidad de algo que estaba ocurriendo realmente. Pero ya para esa altura del asunto se escuchaba cuando Alicia subía o bajaba por las escaleras. Había tanto silencio. No era tanta la frecuencia, pero cuando fuimos quedando menos, el eco de los pasos se le adelantaba en los pasillos. ¿A quién le convido un bermouthcito queridos? ¿Alguna viejecita necesita ayuda con alguna cosita? ¿Mamá?, ¡hago de niñera!Pasaba sacudiendo las manos y alegando compañía por los pasillos del edificio. Estos últimos días ya anduvo despintada, desabrida, con un botón desabrochado demás de la misma camisa de cerezas anudada al ombligo que llevaba puesta hace 3 meses, y esas caderas que nunca se cuidó pero que se cuidaban solas, bamboleando debajo de la pollera beige. La espiábamos por la mirilla cuando escuchábamos sus pasos bajando y subiendo. Los anteojos eran enormes y de marco colorado, al estilo Nina Simone pero de ver. Y las pañoletas anudaban el ramo de reflejos en sus rulos. Sabíamos que era antropóloga. Sabíamos que había viajado mucho. Pero también sabíamos que durante el año que no nos dejaron salir de los departamentos, ella salía con cierta frecuencia y regularidad. Era una de las únicas. Juan Carlos Torreno, del 10ºB, también salía con frecuencia. Nunca supimos porqué, qué hacían. Además salían Néstor Omaya del 8ºB y Conrado Larante del 7ºB. Ellos salían a abastecer. Previo al encierro habían trabajado en el Mercado Central y guardaban sus contactos, tenían vehículo, y eran misioneros morruditos. Los dos habían llegado a Buenos Aires de Oberá, soleteros. Creo que Néstor tenía familia allá en Misiones, pero estoy segura que Conrado no. Entre ellos no se conocían, pura casualidad que los mandó a vivir uno arriba del otro. Sus departamentos estaban vacíos desde que nos dejaron salir a los pasillos. Habían salido el mismo día del anuncio a cargar en su camioneta los productos de limpieza como lo hacían cada 15 días, cuando tocaba la distribución para esta zona. No volvieron nunca más.

Alicia había quedado encerrada sola en el piso 14. Su vida antes pasaba lejos; Puán. Además, parece que viajaba de acá para allá con el asunto del trabajo de campo. Investigaba para el Estado. Todo eso se cortó hace 60 meses de 14 días cada uno. Todos los trabajos de investigación y aquellas áreas relacionadas con la cultura, la ciencia y la tecnología, quedaron absolutamente desincentivadas y el desarrollo privado era increíblemente desigual; en general basado en la autonomía proactiva de quienes se habían quedado con tecnología previa, y sobretodo, con el saber técnico específico. Eran pocos. La mayoría quedó fija en “lo que hay”, y profesiones como las de Alicia eran archivo quieto. Juntaban polvo. La descentralización de la seguridad había logrado que el Estado distribuya los alimentos básicos para los edificios. Todos nos preguntamos, en su momento, como iban a lograr semejante maniobra. El presupuesto que se le asignaba a la seguridad era alto, pero sin embargo, finito. Había un miedo general a que la provisión acabara.

Mi puerta no está abierta desde hace un mes por lo menos. A los 7 días la abrí para Norma, la única vez. No puedo más que quedarme adentro con la cerradura trabada. No la puedo mirar a los ojos. La última vez que la vi la entendí. En todo ese desastre su sonrisa. Esa puntita de labio estirada hacia el costado izquierdo de la cara y el pómulo redondo como una naranja ombligo le hacía guiñar el ojo. Su humanidad siempre estuvo en el juicio de primero seducir a los más jóvenes, de convencer, de llevar las cosas por el lado del amor. Nunca intentó hacerlos entender, ni siquiera pretendió aportar un poco de racionalidad a sus actos. Pero Alicia seducía con experiencia y desbalanceaba. Sin dejar pasar el sentimiento encendido, filosa como guillotina, aprovecha el desequilibrio con velocidad y terminaba con ellos sin dejarles asiento en el dolor, comulgándolos con sus promesas. Prefería, en algunos casos, acumular, siempre con el objetivo de evitar la pena. Pero no se involucraba más que para encender ese pasión, esa luz previa a la oscuridad. Salvo con Bermúdez y con Cestollo. Con ellos sí que lo pensó. Pensó en que habría otras formas, que las podían encontrar juntos, que de alguna manera podría haberse solventado la cuota. Con el resto solamente la pagó, hasta con Treyes, que supo llegar hasta ahí, gracias a las estrategias intrépidas de Norma. Desde que recibió el poema, Alicia supo que Treyes era un problema. Como una fruta podrida, Treyes era soborno de compromiso. Las cosas se iban a cortar ahí porque con el tipo no se podía. Enamoradizo, traidor, mentiroso y para peor, cornudo. Cuando Alicia le pidió a Gustavo su mujer, él le dijo que no. No la había trabajado antes como al parecer habían acordado. Treyes no cantó nunca lo de Alicia, lo mantuvo siempre en secreto. Norma era la única que sabía. Evelina nunca se enteró a pesar de que Alicia hasta le escribió lo que tenía que decirle en una hoja para que no se olvide. Era bastante obvio de todas formas, como para no darse cuenta. Pero parece que en esa pareja la conversación había desembocado en silencio, y el anillo de bodas pasó a ser un telón de desengaños. Entones, cuando pensó que había llegado el momento, el boludo de Treyes, en lugar de pasarla bien antes de pirársela, se la fue a poner en contra y a tirar el plan por la borda. Como Evelina no sabía que Alicia tenía interés, que su marido también, que entre ellos ya habían hablado, que estaba todo bien y que solo era cuestión de que Treyes organice, solo se cachondeaba con las miraditas por sobre los hombros cuando Alicia bajaba y se paraba en el borde de la escalera a charlar con Gustavo. Porque Evelina quería probar, con el culo que había levantado no le alcanzaba la verga de Trujillo, y deseaba de noche sentir el peso de las tetas de Alicia acariciándole sus nalgas. Cuando Alicia se le acercó después de que perdió toda confianza en Treyes, Evelina se puso nerviosa, se acorraló entre todos los mandatos que no podía decir cuando Trujillo le tapaba la boca. No se animó y le dijo que no. Alicia se enfureció. De todas, ella creía que en Evelina hubiese podido haber encontrado a alguien con quien quedarse, en lugar de tener que buscar un hombre, ¿para qué? Soñaba con que abrazar a Evelina era como envolverse en el tapiz azul que tanto le gustaba y que le hacía acordar a su amiga Carolina, que se había ido a vivir al Cairo. Entre todo esto que averiguó, Norma me contó como algunas veces de esas en que Treyes se paraba en la puerta a tomar mate y Alicia pasaba, ella miraba por sobre el hombro de Gustavo y la llegaba a mirar a Evelina que se metía en la cocina para dejarse ver. Esa se vez se acabó todo ese jueguito. Le dijo que no y eso fue suficiente para que Alicia empapelara todo los pasillos del edificio con los nombres de los vecinos con los que Evelina venía jugando, que para ese momento ya no eran solamente Trujillo. Se había sumado Acosta a la diversión, y dicen, o así comunicó Alicia, también su vecino Tristán del 4º. Aparecían los nombres de Pedro Dimelo del 9, de Tomás el novio de Andrea del 11, y el de su vecina Moira. Era raro, si Evelina le había dicho que no a Alicia si había atracción, ¿por qué se animó con Moira? Evelina, siempre en sus calzas deportivas, o con la mini de jean, no daba mucho lugar a desmentirlo. No las usaba antes, no tenía con qué y si se las ponía era un espanto, una cosa poco delicada y vulgar.

Esa vez sí hubo que limpiar, no como con Bermúdez o Cestollo. Todo se derramó en el pasillo de la escalera. Tremendo golpe se dieron los dos. Gustavo lloró por horas al lado del cuerpo de Evelina en la escalera que iba del 7 al 8.

Cuando se enteró de los carteles que había pegado Alicia en los pasillos y Treyes, el boludo de Treyes dijo “yo, la verdad, no sabía nada”, Evelina se puso como loca y así como estaba porque ya era tarde, en bombacha y remera larga que le llegaba hasta las rodillas, salió gritando “conchuda, te voy a matar” por los pasillos del edificio, despegando cada una de las impresiones de las que había mucho más que 10 en cada piso. Entre el 7 y el 8, Alicia había embadurnado todo el suelo, la escalera y las esperas de semipiso con abundantes cantidades de cera. Había mucha cera. Cualquiera podría haber tropezado.

Treyes la siguió. Calmate Eve, se lo escuchaba decir mientras subían al ocho. Y en eso, un ruidazo. Dos golpes, casi inmediatos. Salimos de los departamentos en plena noche y los vimos. Gustavo con un chichón en la cabeza y un poco de sangre en las manos, en el piso 7, arrodillado en el suelo junto al cuerpo de su mujer con la cabeza apoyada sobre su pecho pálido, y las dos manos sujetándose la nuca. No paraba de llorar el hombre. Alrededor, los nombres de “los cuernos” en los diferentes carteles. Algunos ya en el piso, otros, aún en las paredes, mal pegados. Y Evelina con la cabeza desarmada. Se le había estallado el cráneo del golpe contra el suelo al caer de las escaleras.

Dejá Treyes, le dijimos. Volvé para el 4. Ahora Cestollo si querés te da una mano que tiene fuerza. Nosotros nos encargamos del resto.

Eso fue para el mes 29. La cosa ya empezaba a ponerse fiera. Ahora está peor. No será una historia larga, espero. Más vale breve, que en lo que ella dure se estirará lo que me queda a mi de vida.

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