Capítulo 4 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 4 - Tetas

Norma Delhuar

Lo vi todo. Aunque todo fue tan rápido vi la caída completa y como se planchó contra el suelo de la vereda. Ay, don Arturo. Sabía que algún día te iba a pasar. Cada vez que saco la cabeza para enjuagarme con el chorrito tibio que me deja caer Maíto, antes de volverla a meter adentro, miro para arriba. Y un par de veces te vi. Lejos, sí, un par de metros, pero vi como te asomabas. No lo hacías por lo mismo que lo hacía yo. Yo sabía que había algo más, y chusmeaba. Además, los de mi profesión somos bichos raros porque nos la pasamos mirando para arriba. Pero vos no, a vos te hacían mirar. No lo hacía con todos. Fue solamente con vos. Te necesitaba a vos, o te eligió, o no sé. Pero tenía que cobrarse la primera cuota y al parecer el tiempo no le dio para arrimarla con Treyes del 4. La intención estaba. ¿Me lo van a decir a mí? No se me pasa nada. Acá en el 7 estoy en el medio de todo. Menos se me pasa lo que hace particularmente ella. Y no le importó, como tampoco le importó con vos. Treyes estaba casado, era un tipo de familia, dos hijos y además se mantenían. Quizás estuvieron un poco más dejados allá cuando los nacimientos, pero parece que algo habían encontrado. A él se le inflaron los brazos y a ella se le paró el culo. No había motivos, ¿por qué lo eligió primero a Treyes? Tampoco es que Alicia era lamujer, y a Treyes se lo veía contento. Pero cuando asoma por los pasillos esos escotes en vuelo como bowlsde gelatina de colores brillantes, bahiana porteña con las pañoletas conteniendo sus rizos castaños, quien se la cruzaba la miraba al medio, bien al medio. Eso que no bajaba mucho del 14, solamente a la baulera, y los días que había que recoger el abastecimiento era una de las que ayudaba a repartirlo. Bajaba por las escaleras, siempre, para que la vieran. Y Treyes… cuando ella pasaba por el 4… se paraba siempre en el umbral a tomar mate mientras los dos pibes le salían al pasillo a jugar. Hola Alicia, ¿todo bien? Bien, Gustavo, ¿y vos? Le contestaba ella. Yo sé que su mujer empezó a salir más también. No solo se juntaba ya a charlar a la tarde desde la escalera con la gente del 5 y del 3, también andaba paseando. Sabía que a ella también la estaban empezando a mirar más. Porque Evelina lo disimulaba bien. Entonces bajaba al 3 a charlar con las viejitas. Le llevaba budines caseros o galletitas a Celeste un día, a Luján el otro. Pero después subía al 5, a escondidas. En el quinto vivían los Trujillo. Daniel y su mujer Dora en el 5ºA. Su madre con los dos mellizos en el 5ºB. En el sexto vivían los Acosta, en el B Ramiro y Catalina, y en el A el abuelo con la nena. Catalina pasaba mucho tiempo cuidando de la nena. Pobrecita. Y Dora en general la sacaba a pasear a su suegra hasta el 6º para que charle con el viejo Acosta y sacarlo de al lado de la nena, siempre pegado el viejo. Pobre chica. Evelina aprovechaba, pasaba de las caricias a las viejitas de abajo a embeberse en el olor rancio de Daniel que la cogía tapándole la boca para que no gritase y acabaran rápido, antes de que vuelva su mujer de al lado. Eso es lo que escuché y lo que me contó Ramiro. Sino, me dijo, pregúntele a Luján o a Celeste, va a ver. Así de un día para el otro les empezó a llevar chipacitos paraguayos.

Yo la escuché a Alicia cuando pasó por el 4 diciéndole a Treyes que tenía un problema con el agua arriba, que si se podía bajar a bañar a su departamento, que no tenía confianza con mucha más gente, que si su mujer no tenía problemas, que le hagan el favor. Por lo que sé, bajó. Pero Treyes todavía está, así que debe haber quedado la cosa ahí. Problemas, no tuvo, acá se escucha todo, me hubiese enterado. Habrá sido una primera arrimada. O no. No sé. Pero a vos te llevó derecho. Al final, con vos Arturo, se la cobró.

Justito te vi esa tarde, y la vi también a la muy turra allá arriba. Maíto se metió adentro con la pavita y el colador, y vos Arturo, no miraste para abajo y me saludaste desde el 13 como siempre hacías a esa hora. Sólo te vi la nuca, y después la cara de susto. Ya no pude mirar el resto. La estabas mirando a ella, o a ellas, no sé la verdad. Ahí, arqueado, asomando un poco más el torso de lo permitido por el balcón francés. Fueron unos minutos y yo te grité, ¡ojo Arturo, no te asomes más! No me oíste mi hijo, del 7 no llegaba nunca a hacerme oír tan alto, y un poco más… un poco más… un poquito más… y vi como te pesaba más la cabeza que el cuerpo dándote una vuelta en la caída para que me saludes, a mí sola, con tu cara de susto, cuando pasaste a toda velocidad al lado de mi mejilla. Te hiciste suelo con el suelo en un sonido seco que asomó cabecitas por las ventanas mirando hacia abajo, como miran los ascensores. Me acariciaste la mejilla, casi raspándola, y yo quedé mirando para arriba. Entonces la vi. Las vi, perdón. Allá, arriba del todo. No era el balcón del 14, no, era un poco más, no se veía la baranda. Yo sabía. Sabía que ella estaba en la terraza y que Arturo no miraba al 14 sino que miraba al 15. Por eso se asomó más, porque sino no llegaba. Antes de que las cabecitas empezaran a gritar de horror, allá en el 15, las vi como se metieron para adentro dejando el aire vacío de su peso y su textura de bollo de pan de campo cuando se levanta de la mesada enharinando. Se metieron para adentro repartiendo un beso por pezón, y la muy hija de puta se guardó las tetas que había asomado por la terraza para ver a quien se cobraba. Seguro por que esta vez no pudo con Treyes. Yo estoy segura que de alguna forma la paga. Sino estaríamos todos allí. Todos queremos subir. Pero te tuvo que agarrar a vos Arturo. A vos, justo. Pobrecito.

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