Capítulo 10 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 10 – Tapices y trapos

Alicia Simón

La mejor noche que tuvimos con Pablo antes que lo soplara el viento fue la noche de los tapices y los trapos. Él se divertía tanto con las cosas que yo le mostraba que había traído de los viajes, u otras que me habían regalado amigos y amigas que me hice por ahí en el mundo, cuando todavía el mundo era pura urgencia, puro vértigo. Cuando todavía había mundo, cuando todavía no éramos obreros levantando posibilidades. Cuando aún no se había decidido comenzar.

Esa noche fue otro síntoma de confianza. Él podía ser el vehículo. No tenía más que la transparencia que lo enamoraba y lo hacía perder todo ese pudor de oficinista frustrado. Porque claro, aún le hacían conservar ese tinte. Rituales postizos para la permanencia del naufragio burocrático. Tanto tiempo con la misma gente, sin ataduras procedimentales, imposible. Pablo lo perdía todo conmigo. Se reía, escuchaba con atención y con los ojos perdidos las historias que le contaba, cocinaba desnudo en delantal con el culo al aire, me dejaba peinarlo, cambiarle el pelo de color, perforarlo. Hasta a veces me colaboraba con alguna que otra cosa que yo necesitaba sin preguntar, con esa afilada técnica de contador que aún conservaba frente a la desprolijidad tierna en la que el encierro lo había aprisionado.

Con los tapices y los trapos se que Pablo comenzó a pensar, a preguntarse cosas. Pero también fue el vértice. Fue el cambio. A partir de esa noche solamente me quedaba probar si era él. Cometí el mismo error al que me induce la confianza, hablé demás. Empezamos con los tapices. Lo más importante. Saqué las cajas del placar y desplegué uno por uno, sacándolo prolijamente del plástico que lo protegía de la humedad, extendiéndolo sobre el suelo de la sala, permitiéndole contemplarlo por unos minutos, y volviéndolo a guardar como correspondía antes de su exhibición definitiva. Habían venido de lugares diferentes, algunos los había traído yo, en mochilas pesadísimas ya que tenían el tamaño de un cubrecama, pero su tejido artesanal y sus hilos variados les daban contenido y solidez sin quitarles la suavidad de sus telas, y los hacían pesados.

El primero fue el negro. El nuestro, la prenda. Venía de Amberes. Estaba datado de principios del siglo XVI. Era el más pesado, en un solo tono de negro, se utilizaba para colgar detrás de la silla donde se sentaba la novia en los casamientos populares de la Baja Edad Media.

El segundo era color plata. Cuero de elefante con hilados de plumas plateadas con adornos de marfil. El tapiz provenía de Angola y en el medio lo adornaba la figura de una luna hilada en cabellos plateados. No me había remitido a Emir cuando recibí el paquete que había viajado desde África y que decía “Elefante de luna. 1956”, no sabía nada más.

El tercero venía de África también, pero de la selva. Me lo había regalado un enamorado que tuve en Congo. Negro como la noche pero de un brillo apolíneo y un miembro duro como el del primer hombre. El cuero producto de su propia caza, recubierto de una brea de miel y carbón vegetal sobre el cual yacían, acomodándose bellas, cientos de flores disecadas amarillas de diversas especies que empalagaban como su masculinidad solar, y su forma de hacerme el amor. Eso no se lo dije a Pablo esa vez. Le podía contar todo, pero preferí ahorrarme el origen del amarillo, lo dejé mirarlo nada más, total, si iba a ser con él, ya lo iba a conocer mejor. Fue el único que me pidió que guarde, que ya era suficiente.

El cuarto. El perturbado. El que saqué más veces de su caja. Envolverse en él era como acabar en el agua. Fino, algodón egipcio. El regalo de mi mejor amiga, Carola. Por más frío que haga, Caro, me envolví y me envolví en tu calor azul de cadáver marinero. Pobre Caro, hace tanto que no veo el mar.

El quinto decían que era la capa roja de Silverio. Nunca les creí, mis amigos andaluces siempre anduvieron entre el mito y la certeza, siempre deliberando, siempre andando, siempre cantando. Para que te acuerde de las canciones, Ali; decía el paquete que me dieron, y de los toros que toreaste por acá, lunita hermosa.

El sexto era en lo que se había convertido mi vestido de novia, mi casamiento arruinado, mi renacer, la marca de mi inicio. Nunca se le fue la mancha de la lágrima de rush con la que lo manché cuando le dije a Sandro, ahí frente a la jueza, no Sandro, mi amor. Ahora no. Las cosas cambiaron. Pero el tapiz, ay de mi madre santa que con tanta delicadeza convirtió mis anchas cinturas de vestido de novia en un rectángulo de esquinas bordadas con flores pastel en cada esquina.

El último, el séptimo, el americano, con el sol incrustado en el centro, tejido en hilos de oro, sobre la suavidad de la piel de “lión”. Siempre pensé que era de puma más que de león. Ya está, Pablo, me lo tengo que llevar, ya, el sol sale todos los días igual, sabés. Tuve que forzar para quitárselo por completo de las manos. Se lo arranqué y lo guardé.

¿Y para que son, Ali?, me preguntó. Son hermosos. Claro. Esta loca con un montón de mantas bien guardadas y conservadas que parecían costar mucho dinero. Más que dinero cuestan Pablo, mucho más. De hecho, son como lo que habilita la transacción tonito, imaginatelos como si fuesen más el sistema financiero que el dinero en sí. ¿Podés, Don contador?

Para poder pagar las cuotas me tengo que envolver de negro con el primer tapiz que te mostré, y cubrir un cuarto con los seis restantes, uno en cada pared, en el techo y en el piso. Una vez que haga eso, y sangre en el medio, las cosas se van a arreglar. Vas a ver.

Dale, ¿enserio? Me contestó. Enserio, le dije, y le cambié de tema. Esperá que lo mejor son los trapos, tienen más que historias y se pueden hacer mejor cosas con ellos. Vení, mirá.

Ahí entramos en el cachondeo. Pareos brasileros, pañoletas sirias, chales eslavos, risas, jugueteos. Pablo, la puta madre. Pablo, amor.

¿Y ese? Y me señaló una manta brasilera muy extraña, rectangular, que no servía de pañuelo, ni servía para cubrir un cuerpo entero, solamente las pantorrillas y los pies de dos personas acostadas. Como para cubrirse las rodillas mirando el mar.

Y yo estaba como incienso, quemándome de a poco, convocando, y lo dije.

No, ese no Pablo. Ese lo guardé y no se toca. Pobres chicos, yo los quería tanto. Había dos más así, me quedé con ese para recordarlos, porque tiene partes de cada uno de los otros dos. Con esos me llevé envueltos a los chiquitos de Treyes, dormidos, para abajo del todo. No había forma que despierten, fui precavida, ni siquiera en sueños hubiese dejado que sientan cuando se quemaban.

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