Capítulo 1 - "Cuota de Terraza" de Pablo Artavé

Capítulo 1 - Pica Pared

Alicia Simón

Se estrelló contra la pared del edificio de enfrente. Sí, ayer. Mientras acomodábamos con broches el mantel sobre la mesita de madera -la lucha de siempre, antes de poder apoyarle el florero encima para que le haga peso al centro, a la hora que el sol ya no pega de este lado pero las brisas todavía traen remansos tibios de otras terrazas, primero de a poco, y después de un sacudón, se fue volando como si lo hubiese succionado un pozo en el aire.

También se fue con esa tarde el verano del mes 54. A esa altura, era pura casualidad encontrar un momento de soledad. Las gentes del edificio estaban seguras de su condición, y pretendiendo mantenerse así, organizaban endógenas comidas regionales, encuentros en parejas, prolegómenos en los pasillos, siempre cada uno con su copa, su porongo o su tazón, deambulando, con las puertas de los departamentos abiertas. Salvo algunos, los mayores en general, poco salían.

Por ahora había dos vecinos más aparte de Pablo que sabían de las terrazas. El resto, ni se lo preguntaba. No se les pasaba por la cabeza que por encima suyo había otro departamento y a veces, arriba otro, y al final dos terrazas. Sí: terrazas. El único espacio del edificio donde algo más que tu cabeza, y parte de tu torso en gallardía, podía estar asomándose al aire, jugándose cosquillas con el viento, dejándose sobre el cuero la tinta del sol entero. Pero sus vidas habían comenzado en el nivel de sus pisos, y el movimiento era, quizás por costumbre, siempre hacia abajo. No había ningún tipo de hospitalidad arriba. Ni siquiera una horizontalidad cognitiva en lo que hacía a la constatación de los planos del edificio completo. Y no por decisión colectiva, no. Nunca nadie se enteró de la terraza simplemente porque no me daba ni la gana ni la indiscreción que así fuese; y porque de los otros dos departamentos del piso 19, uno estaba vacío y en el otro vivía un amor de señora, casi sorda y postrada. Ahora; no iba a ser yo la única en saberlo, claro. Esos secretos no se guardan en situaciones así. La enfermera que cuidaba de Rocío se limitaba a entrar y salir del departamento cruzando un qué tal cuando nos cruzábamos. Y hasta acá no subía nadie más. Cuando llegamos al verano del mes 30 ya no aguanté más.

Pablo fue el quiebre entre querer a las cuotas, prepararlas con verdadero amor, y sádicamente acumularlas sin importar quién ni cómo debía pagarlas.

Lo devoraba. Le mordía el cuello, las nalgas, el pecho. Por suerte fue el tercer verano y se podía estar a los manguerazos pelados en pelotas. No tardaba nada en subir, él estaba en el piso 12 que era la misa cantidad de días que se le habían otorgado por decisión regional a los meses: -8 días de trabajo, 4 de descanso-, a piacere.

Esa tardecita estaba lindísima para prender el fuego temprano, bajar con un aperitivo la altura que te daba estar en una de las terrazas. Fui a la baulera. Ahí, entre toda la humedad oscura, entre los pasillos que mucho tenían de penal con las jaulas separadas por departamento, en la que le correspondía al 14ª, tenía un congelador. Desde hacía rato que venía almacenando una notable diversidad de cortes de carne prolijamente empaquetados en porciones y sellados con film. Encima, con marcador indeleble le escribía “colita”, “pechito”, “tira”, “choris”, “entrañas”, “chinchu”, “molle”, “rosbif”, “morci”, “vacío”… vacío era todo esto hasta que me crucé con él en los pasillos. Con la verdura hacía lo mismo, así era más fácil. Siempre calculando porciones. Cuando volví a subir, ya en el último juego de escaleras que van del 13 al 14, me asoló la presión tibia de una ráfaga lenta que fluyó por la puerta de la terraza abierta. Levantándome las pestañas me lo mostró. El celeste de fondo pleno y toda prolija ella, en shorts, sus piernas enredadas en el vello negro que contorneaba los muslos torneados como yungas, y su pecho desnudo tironeado por el delantal de flores amarillas y rojas que dejaban rayar sol sus dorsales anchos enraizados en dos rodillas abultadas. Cuando salí con la bandeja de carne descongelada a todo ese cielo abierto y a esa luz brillante, ya mi reytenía el fuego prendido y la brasita humeaba y chisporroteaba. Era el único sonido que se escuchaba en ese alrededor ancho y pesado de tarde de verano. Nuestros cuerpos tenían esa sensación de la mano quemándose en el aire, cerca del calor, ese tenor de elementos gaseosos que tienen la fuerza de empujar. Cuando me vio entrar, perdón, salir quise decir, me dijo, -qué bandejita, Ali...- y le dio una sacudida corta al mantel para estirarlo entero sobre la mesa. Él era bellísimo en mi terraza. Tenía eso que me venía enamorando, aparte de los efectos post-reclusión, claro, y las estrategias para conseguir las cuotas. Era mi compañerita ordinaria, y no teníamos ningún problema. No sé, pero creo que trabajaba de algo serio. Era contador, o no, creo que estudiaba. Algo así. Tenía tremenda facilidad para los números. Eso lo hacía más divertido todavía. Un machote alfa prolijo y calculador, peludo hacia fuera, y en la intimidad: micriollita.

De golpe, mientras lo miraba estirar las puntitas del mantel, sujetando una de cada extremo con los brazos abiertos y la cintura quebrada como bailarina, lo levantó una ola de aire como cuando una de agua te sube hasta su cresta en el mar. Esa impasibilidad de sentir estaren lagravedad. Pero no se detuvo ahí. Con la bandeja todavía en las manos, lo vi ascender unos metros en ese movimiento hasta tapar el sol como para que aún lo pudiese mirar a los ojos. Como cuando abandonamos Kansas, también él se asustó al principio. Luego y a la vez, con una sonrisa conforme, suspiró flotando, y a toda velocidad voló empujado por la presión, paralelo al cielo con los miembros completamente estirados como un paracaidista en caída libre, hasta reventarse contra la pared del edificio de enfrente. Un enchastre.

Mis primeras preocupaciones fueron el consorcio de aquél edificio, y la gente de otras terrazas. Pero hasta dónde me había enterado, si estabas en una terraza, sabías. Habrán pasado peores. Los del consorcio tampoco podían salir, como nosotros. No la iban a ver. Y los pocos matones que circulaban por la calle vigilando pensarán que fue una paloma o algún otro pájaro. ¿Quién se iba a enterar? Los privilegios de la altura, en estos días, habían comenzado a cobrarse en cuotas.

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